lunes, 31 de julio de 2017

Una novela de espías

Alguna vez George Orwell señaló, no sin ironía, que las balas ficticias ayudan a distraernos de las balas reales. Lo decía a propósito del éxito que, en épocas de guerra, habían cobrado algunas novelas de detectives. Me temo que ahora que se viven nuevas guerras, calientes pero también frías, algo similar debería decirse sobre las novelas de espionaje. Pero∫ puedo ahorrarme el detalle, Jean Echenoz (Orange, Francia, 1947) se ha adelantado con una novela que se niega a decidirse a ser un homenaje o una parodia del género en cuestión, a saber, Enviada especial (que se publicó en Francia el año pasado). Hay, claro, una trama (¿o es apenas una anécdota?) que podría haber salido de la imaginación (prolífica y, supongo, redituable) de un Ian Fleming o un John le Carré: aprovechando que una mujer, Constance, fue la esposa de un exitoso compositor de canciones pop (incluso, interpretó su canción más sonada), es secuestrada; pero como la canción tuvo alcance internacional (sigue siendo un éxito entre algunas élites militares), resulta que el secuestro es parte del plan maestro de un general francés… ¡para desestabilizar a Corea del Norte!

 

Por supuesto, esto no es sólo una novela de espías, sino que es una novela de espías escrita por Echenoz. Como podrá esperarse, la trama da un poco igual, a ratos uno tiene la impresión de estar viendo, que no leyendo, una película que, a su vez, parodia los bien masticados thrillers. Digamos, una película de los hermanos Coen (hay guiños, como la cuestión del dedo mutilado, a El gran Lebowski, pero también a Quémese después de leerse; el general del plan maestro en realidad es un viejecillo ridículo; un personaje, Paul Objat –a veces Victor–, se parece –según el narrador– a Billy Bob Thornton…).

 

Pero hemos invocado ya al narrador y, así, llegado a la cuestión: Echenoz no sólo entrega datos e información lentamente, permitiendo saborear los giros improbables de la novela típica de espías, sino que ha elegido una voz exasperante y juguetona, que tensa y destensa, que ofrece digresiones que parecen no venir al caso. El extrañamiento funciona: llamar la atención constantemente sobre los recursos cinematográficos que se utilizan (se toman prestados fundidos a negro, por ejemplo) nos recuerda que es algo más que una trama llena de acción e intriga a lo que nos enfrentamos. Es, en cambio, literatura difícil de roer pero que se ha camuflado con las convenciones de la novela de aeropuerto. De pronto, en una “escena” relacionada con el cautiverio de Constance, el narrador desliza información precisa sobre la biología de los elefantes. De inmediato, un plural mayestático se apura a aclarar: “Hemos pensado que no estaba mal que ese fenómeno zoológico, demasiado ignorado a nuestro entender, se dé a conocer al público. Cierto que el público tiene derecho a objetar que tal información no parece sino una pura digresión, una suerte de diversión didáctica que permite dar fin a un capítulo como quien no quiere la cosa sin vínculo alguno con nuestro relato. A esa reserva, por supuesto admisible, responderemos como antes: por el momento”. Fin del capítulo.

 

Enviada especial vuelve a llamar la atención a la tensa relación entre alta y baja cultura, y el curioso lugar que ocupa entre ellas el entretenimiento. Tal vez sea cierto, como parece sugerirse a lo largo de esta divertida (y elíptica) novela: las novelas de intrigas y balazos puede ser tan importantes para nuestras vidas como las fantasías que nos permitimos rumiar para distraernos.

 

Jean Echenoz, Enviada especial

Traducción del francés de Javier Albiñana

Anagrama, Barcelona, 2017



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