viernes, 20 de octubre de 2017

Juan Cirerol y la Ciudad de México

Ahora que lo habitual es censurar el trabajo de quienes exhiben una opinión disonante se ha vuelto urgente defender la libertad. Más si son artistas los acusados. Consideramos peligroso que se ataque a un escritor por ejemplo por no seguir a pie juntillas la escala moral imperante, o santurrón demeritar la obra de un cantautor como consecuencia de algún tweet torpe, como le ocurre a Juan Cirerol desde el diecinueve de septiembre. ¿Quién dice que un creador debe obedecer los valores de una mayoría biempensante, en lugar de los propios sentimientos? ¿De dónde sale la idea de quedar bien en las redes sociales?

No es ningún secreto que Juan asegure odiar la Ciudad de México últimamente, o a sus habitantes, como tampoco lo es que un odio equivalga muchas veces a un amor no correspondido. Lo cierto es que la capital se encuentra bien presente en su carrera. Desde la apertura del tercer disco (Hey, Soledad) hasta la clausura del penúltimo (Paseando por el Chilango). De las primeras tocadas en el Pasagüero y el Bahía, ante más cervezas que público, a las exitosas presentaciones del Canal Once y el Vive Latino. En el entrañable video de “Eres Tan Cruel“, grabado en el Callejón de la Condesa para el gozo de futuros cronistas, y el concierto del Metro San Lázaro apenas el año pasado. Ojalá fuera el caso de más actos locales.

Varios recordarán al cachanilla recién desempacado en la calle de Regina interpretando canciones norteñas alteradas desde el punto de vista del consumidor: otra manera de cronicar el narcotráfico, infrecuente hasta aquel entonces en la delegación Cuauhtémoc, aunque sólo en términos musicales. Llegaba el ‘Profeta del Cristal’ a la región más escenosa del aire durante un período de singular inmigración torreonense y regiomontana, poco antes de que establecimientos como el Félix y Belmondo terminaran de transformar su tono social. La época de Vale Vergas Discos, el folk y el punk dándose la mano, Vice arriba de una taquería, el Roy cada vez más popular entre los actuales paladines de la igualdad. Aún no se estilaba disculparse por el contenido de una canción ni boicotear en masa a alguien a causa de sus opiniones, síntoma del pensamiento reaccionario de nuestros días. Todo fine todavía. La prehistoria de la selfi.

¿Qué sobrevive hoy de aquella ciudad? ¿Qué del veinteañero Juan Cirerol que velozmente transitó del Tigrillo Palma y Joan Sebastian a un estremecedor “soy anti todo, quiero estar muerto”, de los furiosos romances contemporáneos a un contrato discográfico choncho a un “soy rancherito, soy fronterizo y mi papá exportaba algodón”? No lo sabemos, no nos importa. Al final sólo cuenta la música, los corridos de un corrido que ha usado su índice para apuntarse a sí mismo, guitarra de por medio. Que no se regrese de Mexicali, allá hace más falta.

Viernes 20 de octubre de 2017



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