lunes, 26 de febrero de 2018

Lecciones de la modernidad

Más allá de su tema, uno de los atractivos de Arquitectura del fracaso (subtitulado “Sobre rocas, escombros y otras derrotas espaciales”), de Georgina Cebey, es su tono satírico. La colección de ensayos surge de una sensación que ha abrumado a más de un habitante del antiguo Distrito Federal: que esta ciudad está siendo demolida en fantasías modernizadoras. A pesar de la bilis que pueda causar esta sensación, debe decirse que los ensayos incluidos conceden al lector el placer de seguir argumentos no sólo bien fundados sino a menudo aderezados por anécdotas, datos interesantes y otros descansos que la crítica cultural sólo se permite cuando busca alcanzar al gran público. ¿No recuerda esto las estrategias de intelectuales públicos y prolijos como Juan Villoro? Recorriendo los ensayos de Arquitectura del fracaso ocasionalmente uno se topará con frases pulidas, las que a menudo funcionan como ingeniosos corolarios, la colita de un argumento (“En el Metro mexicano se viaja en pretérito”, concluye “Metro Insurgentes, ruina circular”; un estadio es un lugar donde se le rinde culto al “dios redondo”), o como apoyos narrativos (al inicio de “Monumento a la Revolución, el tiradero emocional de la desgracia mexicana” leemos: “Un monumento cuenta historias. Ésta es la historia de un monumento”).

Tiene cierta fama, la imagen fantasmagórica que propuso Freud para hablar sobre Roma, donde se yuxtaponen vestigios del pasado con la ciudad moderna; una imagen, claro, que tiene un equivalente en la Ciudad de México (Cebey habla sobre esas sobreposiciones temporales y físicas en el ensayo que le dedica al Metro Insurgentes, donde también se hace la parada obligada en el hecho de que la glorieta haya servido como escenario distópico para una peli de Schwarzenegger). ¿Pero no funcionan ciertos libros de la misma manera? Lo digo porque conozco personalmente a Georgina y sé que, además de ser historiadora del arte (es decir, de poseer la tenacidad para ser una académica en México), frecuentemente incide en la conversación pública con textos que se publican a través de distintos medios de divulgación (pero también soltando opiniones en las redes sociales, un buen barómetro para seguir las obsesiones de distintos escritores). Quienes la han seguido allí –en las publicaciones–, para luego leerla acá, en esta colección de ensayos, notarán que también se yuxtaponen (como si fueran ruinas o fragmentos) distintos textos de distintas épocas. Así, leemos “Insurgentes 300, espectro de la modernidad”, que tuvo una versión anterior (“Insurgentes 300: un fantasma de la modernidad”), publicado en Letras Libres en 2014; en la misma revista se puede rastrear un apunte que, si uno quiere, terminó siendo parte de “El Memorial a las Víctimas de la violencia en México, arquitectura y culpa”); “Construir la nada”, un texto que se publicó en Tierra Adentro en 2016, vuelve acá como “Vivienda periférica, un puñado de desierto”. Cebey también ha escrito para publicaciones como Nexos, Código y Arquine, que como puede verse tienen el potencial de ser algo más que revistas, una especie de laboratorio que permite afinar ideas.

Pero Arquitectura del fracaso no es un mero libro hecho de artículos reunidos (otra manera de decir que no es, o no sólo es, un botón de muestra sobre las estrategias que muchos escritores –obligados a publicar para cobrar, por un lado, pero también con intereses precisos– usamos). Tal vez cada uno de estos textos puede funcionar de manera autónoma, como lo hicieron en su momento, pero en conjunto también reflejan el espíritu que ya anuncia su título –con énfasis, sí, en la modernidad mexicana, una especie de coda latinoamericana sobre el tipo de lecciones que pueden dejar fracasos urbanos (a la escala, digamos, de Pruitt-Igoe). Hay dos ensayos, sin embargo, que resultan de particular interés por desmarcarse, hasta cierto punto, de ese modelo: “El Memorial a las Víctimas de la Violencia en México, arquitectura y culpa”, y “Cineteca Siglo XXI, una nota a pie de página”. Ambos mantienen el tono crítico y las lecciones de la modernidad, pero ponen su atención en dos productos culturales del calderonismo, dando cuenta de una singular era nacional. El primero muestra cómo el supuesto memorial es, en realidad, un monumento a la oficialización de la violencia. En el segundo, además de apuntar otro fracaso calderonista, se encuentra una intersección clara con una de las disciplinas que Cebey ha explorado con pasión, el cine. Y es que allí ha encontrado, además, una herramienta para dar con la auténtica “gramática visual” que ha acompañado a esta megalópolis históricamente. Un buen ejemplo del alcance de esa herramienta se encuentra en su ensayo dedicado al Monumento a la Revolución.

Aparte y por último debe subrayarse “Insurgentes 300, espectro de la modernidad” como uno de los pocos ensayos del libro donde se esquiva la sátira desapegada o clínica, apoyada en investigación dura, para darle paso al tono personal. Su forma fragmentaria (conviven estampas pero también crónica), casa con el caos de otro fracaso de la modernidad. Es una de las varias instancias donde Cebey rebela haber amaestrado distintas estrategias literarias al servicio de su músculo investigativo.



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