lunes, 26 de noviembre de 2018

El luto lunar

Ya en su último trecho de exhibición en las salas comerciales, se antoja comentar El primer hombre en la luna (2018) con ese tono beligerante, rabiosamente interpretativo, que en el mejor de los casos tiene a exponentes como A.S. Hamrah, pero que también se presta a la guasa de cuentas de Twitter como @PelisAnalizadas. ¿Cómo tomar un relato que vuelve su atención al logro de hombres blancos? ¿Con ese tipo de preguntas que ya apuntan respuestas? Como la biografía en la que está basada, escrita por el historiador James R. Hansen, la cinta pone su atención principalmente en la vida interior de Armstrong, su “saga personal”, pero no logra esquivar los pantanos del nacionalismo, por un lado, ni los juicios sobre la ineptitud emotiva que presuntamente acompaña a cierta masculinidad. La interpretación política de esta cinta no es inevitable sólo porque “todo es político” (un dictum que merece ser revisado cada vez que lo usemos), sino porque, históricamente, las misiones Apollo le pusieron fin a la carrera espacial –una contienda tecnológica entre la antigua Unión Soviética y los EEUU– y echaron luz a los esfuerzos mayúsculos de relaciones públicas que acompañó al programa de exploración espacial.

Desde el pasado septiembre se comenta el eco de la cinta de Damien Chazelle en el ámbito político (ver, por ejemplo, “In Anyone Can Maga, It’s Nasa” de Steve Rose; o este otro texto de Richard Brody). No es para menos, pues a casi medio siglo de la llegada del hombre a la luna, la exploración espacial sigue siendo un tópico de discusión. ¿Pero es una discusión urgente? La Agencia Espacial Europea, a propósito de su misión ExoMars, ha tratado la cuestión con ese tono siniestro que une en matrimonio a la aventura con la empresa (una voz que, en época del Antropoceno, sabemos o deberíamos reconocer bien). La pertinencia de la exploración espacial normalmente se expresa con fantasías de conquista, pero también con el tono entre apocalíptico y utópico que se pudo ver en cintas como Interestelar (2014). Ese mismo año, el Comité de Vuelo Espacial Humano lanzó Pathways to Exploration, un reporte que se mostraba pesimista ante la viabilidad de la “empresa” de llegar a Marte en la década de 2030 (de acuerdo al calendario proyectado por la administración de Obama en 2010). Vuelvo a citar a Ken Kalfus a propósito de este tema: “a medio siglo de la conclusión de la misión Apolo, hemos entrado en una nueva era de fantasía espacial, y Marte es su principal alucinación”.

Como lo hizo Interestelar, El primer hombre en la luna tomó notas de Los elegidos (1982) de Philip Kaufman –basada en la investigación de Tom Wolfe. No sólo hay una atención al detalle técnico, sino que se emula el tono documental que subrayó los riesgos que corrieron los pilotos en distintas misiones (resultando en varias tragedias). El resultado de ponerle atención al peligro involucrado en la exploración espacial es, también, darle la palabra a ¿virtudes? como el patriotismo, la ambición y la bravuconería (y, del costado femenino, la resignación). Aquí vale la pena atender otra cuestión a propósito de El primer hombre en la luna: parece concluir una especie de trilogía dedicada al esfuerzo, el sacrificio y los logros notables. ¿Qué merece ser sacrificado en el altar de la realización personal? Si pensamos en Whiplash: música y obsesión (2014), la comodidad del apoyo familiar. En un registro distinto, La La Land: una historia de amor (2016, también protagonizada por Ryan Gosling), propone que el logro artístico merece sacrificar el amor. Ahora, la última escena de El primer hombre en la luna evoca esos sacrificios (el matrimonio parece estar reunido, pero un cristal los separa). Es difícil no estar de acuerdo con la idea de que vale la pena esforzarse, hasta que se llega a la peligrosa órbita del individualismo chabacano de Ayn Rand.

¿Pero están las cintas de Chazelle en esas coordenadas? Al menos en el caso de El primer hombre en la luna vale la pena hacerse esa pregunta: la cinta, antes que la historia del logro de una nación, de un hombre o de la humanidad, parece el relato de un luto prolongado y profundo. Es un elemento clave para esta cinta, el que le da un toque auténticamente personal a este relato histórico, subrayado por el atinado y reiterativo uso de una pieza fantasmal: “Lunar Rhapsody” (1947) de Les Baxter.



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