jueves, 17 de agosto de 2017

El simio, nuestro semejante

Es innegable que el impacto cultural de Apocalipsis ahora (1979), el clásico de Francis Ford Coppola sobre la guerra de Vietnam, sigue vigente. Algunas de sus escenas icónicas (como el ataque aéreo musicalizado con la Cabalgata de las valkirias) y sus diálogos más memorables (“Amo el olor del napalm por la mañana”) han sido citadas, copiadas o satirizadas incontables veces: de varios capítulos de Los Simpson a la entrega más reciente de Star Wars: El despertar de la fuerza, pasando por Avatar o Game of Thrones. A pesar del mar de referencias propio de la cultura contemporánea, llama la atención cuando, más que guiños, filmes recientes hacen auténticos homenajes a la cinta de Coppola. Curiosamente, las cintas que lo hicieron tratan sobre el enfrentamiento entre el hombre y su pariente cercano, el simio.

 

El primero, y menos logrado, es la versión más reciente de King Kong, Kong: Isla Calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017), un filme de aventura y fantasía que fue vendido por el director como un “Apocalipsis ahora con monstruos”, y que forma parte de un nuevo “universo cinematográfico” inspirado en las cintas japonesas de monstruos (Legendary Entertainment, la compañía que produjo el filme, está preparando el camino para que en 2020, como ocurrió en los sesenta, King Kong vuelva a enfrentarse al nuclear lagarto nipón, Godzilla). Mientras tanto, Kong: Isla Calavera no sólo explota la estética del cine bélico de los setenta (el grupo de científicos que explora la isla en el filme es escoltado por soldados veteranos de Vietnam) sino que hace referencias a la novela breve que inspiró Apocalipsis ahora, El corazón de las tinieblas (1899): sus personajes James Conrad (interpretado por Tom Hiddleston) y Hank Marlow (John C. Reilly) fueron, evidentemente, bautizados pensando en el autor Joseph Conrad y en el narrador de su novela breve, Charlie Marlow.

 

Llama la atención que otro filme importante del mismo año en que se estrenó Apocalipsis ahora, Alien, de Ridley Scott, también evoque la obra de Conrad. No sólo la tripulación va a bordo del USCSS Nostromo (como la novela homónima de 1904 del autor inglés) sino que está en las manos, poco empáticas, de una Compañía (intergaláctica, por un lado; con intereses en África y Oriente, por otro). Como Apocalipsis ahora, Alien oscila entre la maravilla y el horror que inspiran el deseo de conquista y exploración. Lo mismo puede decirse de El corazón de las tinieblas. En un momento Marlow, el narrador, puede ensalzar a los exploradores del Polo Norte, a los aventureros y colonos, los “buscadores de oro y de fama, todos ellos habían partido sobre esta agua, empuñando la espada y muchas veces la antorcha, mensajeros del prodigio de estas tierras, portadores de una lumbre proveniente del fuego sagrado. ¡Cuánta grandeza habría flotado en esas aguas, arrastrada por el pleamar hacia el misterio de un planeta desconocido!”. En otro, Marlow muestra que la causa que motiva a esos exploradores –el progreso– no se distingue de la violencia ni del odio.

 

Otro filme de ciencia ficción de este año, El planeta de los simios: la guerra (Matt Reeves), también rinde homenaje al cine inspirado por la guerra de Vietnam: la toma inicial, por ejemplo, permite al espectador imaginar, a través de los mensajes que han escrito en sus cascos, la batalla contra los simios en la que han participado los soldados a los que acompaña la cámara, como ocurrió en Pelotón (1986) o en Cara de guerra (1987). Además de demorarse en un curioso juego de palabras (Ape-Pocalypse Now!) y de presentar, como si fuera al final de un río en el África, a un antagonista mesiánico (el Coronel inspirado en el Kurtz rapado de Coppola), el filme también tematiza las tensiones irresolubles de lo hobbesiano y lo roussoniano, es decir, la manera en que tratamos al otro (en este caso, un simio parlante); con el añadido de presentarlas en una colindancia inquietante con temas ecológicos, de derechos de animales y de colonialismo.

 

¿Por qué los simios en el cine bélico? Tal vez sea verdad que la repetición constante de imágenes chocantes nos insensibilizan: las muertes de soldados anónimos (al menos en sus representaciones ficticias) pueden ser toleradas por los espectadores. Pero alguien ha puesto atención: como probó la muerte de Harambe, sólo el sufrimiento de los grandes primates logra conmovernos.



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