lunes, 12 de junio de 2017

El “Inventario” de Pacheco

Cajón de sastre, cofre del tesoro: la monumental antología de las columnas que José Emilio Pacheco publicó durante cuatro décadas con el título de “Inventario” –brevemente en el suplemento cultural de Excélsior, “Diorama”, y posteriormente en Proceso– es un agridulce recordatorio de las cimas que puede alcanzar el periodismo cultural en nuestro país (y el páramo yermo que, en contraste, se nos ofrece hoy).

 

Apenas un tercio de lo que publicó en vida, Inventario (Era, 2017) consiste en tres volúmenes que en conjunto suman poco más de dos mil páginas. Esta edición, que apareció a principios de año, sigue los deseos de Pacheco de publicar sólo algunas de sus columnas (de 1994, por ejemplo, sólo se incluye una) y se hizo a partir de una selección de Eduardo Antonio Parra (aprobada por Pacheco) que fue afinada en colaboración con Héctor Manjarrez, Paloma Villegas, José Ramón Ruisánchez y Virginia Ruano.

 

En conjunto la antología se concentra en temas literarios, con un énfasis en obras mexicanas, pero también atiende al capricho y las efemérides (los centenarios o las noticias fúnebres reinciden como excusas para textos eruditos –Pacheco leía italiano, francés e inglés– sobre la literatura universal en los que se aprecia una envidiable capacidad de síntesis). Sería injusto inventarse una especie de “canon Pacheco” a partir de los temas recurrentes, pero es notable su predilección por ciertos autores: López Velarde, Darío, Borges, Vasconcelos… A través del filtro de la historia mexicana (el asesinato de Obregón, por ejemplo, es una obsesión, como el Porfiriato) se rescata a escritores como Federico Gamboa. Fuera de su labor como periodista cultural, como editor también mostró su interés en Gamboa: entre 1994 y 1996 Pacheco publicó su diario completo, no tanto por el valor literario como por el retrato que el escritor hizo de los años porfirianos.

 

Esta antología parece tener un modelo, el Diario de un escritor de Dostoievski (Pacheco lo cita en varias de sus columnas de los setenta; probablemente leyó la traducción de Cansinos Assens publicada en los cincuenta), si bien como una versión más destilada, menos temperamental. Aunque las hay, son pocas las invectivas o las polémicas, y cuando Pacheco se aleja de la literatura o la historia para adentrarse en el amplio espectro de la cultura, elige con sobriedad y humor: le dedicó columnas a la importancia del teléfono, de la máquina de escribir y al “invento del milenio” (¿el Internet, acaso? No, el sándwich).

 

 



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