viernes, 12 de octubre de 2018

La sombra y el trauma

En el marco de DocsMx DF Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México, a partir de hoy se proyectará La sombra de un dios (2017), cortometraje en el que el austriaco Bernhard Hetzenauer ficcionaliza la historia de Chon, miembro de la comunidad mexicana de Wirraritari, que narra la vida de su primo Faustino, líder espiritual del asentamiento indígena de La Mora, que al proclamarse como dios mató a varias personas.

La mirada de Hetzenauer es interesante. En vez de ilustrar las palabras de Chon, muestra imágenes de La Mora en blanco y negro. En un segundo movimiento el filme introduce un reportaje del programa 60 minutos, transmitido en 1983, sobre los homicidios del “dios huichol”. Este elemento genera una fisura que problematiza el abordaje de un hecho real a través de la imagen.

La sombra de un dios, que se pudo ver este año en FICUNAM, es una película que explora terrenos cercanos a la psicología social que estudia, entre otras cosas, las dinámicas de poder en la colectividad. Aquí, una charla con el director del filme, que se exhibe hoy en el Instituto Goethe (18:30 horas). Mañana se podrá ver en el Cine Lido (16:00 horas) y el domingo en el Huerto Roma (18:00 horas).

Imagen – Bernhard Hetzenauer

La sombra de un dios plantea la historia de un hombre que se autoproclamó como una deidad iracunda y vengadora. ¿A qué tipo de imaginario religioso te ceñiste en la reelaboración del relato de Chon?

En el Antiguo Testamento dios es una deidad que castiga e incluso pide obediencia absoluta para probar la fe de los seres humanos; en el Nuevo Testamento, por otro lado, la venganza o exigencia de un dios cruel y castigador son reemplazados por el amor al prójimo. Desde ahí, el amor incondicional reemplaza al poder castigador de Yahvé. En el budismo, el hinduismo y las tradiciones místicas como el sufismo hay implicaciones éticas-filosóficas distintas. En muchas culturas indígenas existe un panteísmo que se diluye con creencias de los colonizadores. No quería profundizar en la cosmovisión wirrárika, que es muy distinta a lo que vemos en el corto. Normalmente, los marakames tienen que seguir un reglamento estricto, una formación exigente de ayuno de varios años y siempre cumplir con sus tradiciones.

Elegí dejar bastante espacio para interpretación en la película. Pero si me preguntas respecto al término de “dios”, yo lo interpretaría en un sentido psicológico, como esquizofrenia o psicosis. En muchos casos de esquizofrenia, por ejemplo, las personas oyen la voz de dios hablándoles directamente.

Al no tratarse de una una visión religiosa, ¿cuál es tu lectura de la película en términos de la representación y la imagen?       

No me interesó realmente dibujar una imagen específica de “dios” en un sentido religioso. La “deidad”, tal como la representa Faustino, no tiene mucho que ver con la cosmovisión wirrárika. Más bien me interesa la estructura de poder que se estableció en la comunidad de La Mora (la cual podría darse en cualquier otro país o pueblo, la estamos viendo con las tendencias nacionalistas/populistas por todas partes: EEUU, México, Austria, Alemania, etc.). Es curioso que nadie se levantó contra Faustino. Más que una película sobre religión, para mí es una película sobre poder, abuso, violencia y trauma.

Ésta historia no me interesa por haber pasado en una comunidad de personas creyentes, sino como un fenómeno humano: a un personaje se le atribuye “el poder” y la gente lo sigue solo porque éste tiene dicho rol. El personaje más interesante de los sobrevivientes es Chon, quien estuvo en la misma formación de marakame que su primo cuando pasaron los hechos. Desde joven Chon tenía una manera generosa de vincularse con los demás, mientras que Faustino tenía trastornos de violencia: cuando niño su padre, que cometió asesinatos frente a él, lo expuso a extrema violencia doméstica. Chon, por el contrario, siempre rechazó el rol de poder, creía que un marakame debe curar y ayudar a quien le pida ayuda. Digamos que su propia ética de “curandero” le permitió cuestionar la autoridad legal de Faustino, aceptada por la comunidad.

Traté de reflexionar con la forma audiovisual de la película sobre la imposibilidad de dar testimonio cuando se cometen crímenes y hechos violentos tan obscenos como los que experimentaron los wirraritari de La Mora. Quería referirme a los efectos de los traumas que ellos llevaron en sus mentes día a día durante los últimos 30 años: retratos en silencio, paisajes, y con el fuerte grano de la película Kodak/Eastman DoubleX de 16mm.

¿A qué concepto de sombra aludes con este proyecto?

Usé esa palabra porque deja abierta la interpretación. Me refiero a ella para nombrar las consecuencias psicológicas y traumatizantes que la violencia causó en los sobrevivientes de la comunidad hasta hoy en día, como si fuera una mano grande y oscura que tapa la montaña. Pero también como una sensación traumatizante que tapa las mentes de las víctimas hasta años después. De todas maneras creo que la lectura tendría que ser más simbólica que religiosa. Creo que si se lee la película solo de una forma religiosa se pierden partes importantes. Quería encontrar una forma visual posible de hablar de estos acontecimientos tan crueles sin mostrar o reelaborar los hechos. Fue muy importante mostrar las caras de Chon, Anita y María Anita en silencio porque en realidad no han podido compartir estas experiencias entre ellos. Por eso digo que es más una película sobre el trauma y la ausencia de lenguaje que sobre la religión o cierto concepto de dios.

La sombra de un dios / A God’s Shadow – Teaser, 1 min., © 2018 from Bernhard Hetzenauer on Vimeo.



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via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

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