lunes, 25 de febrero de 2019

Hacia un público militante

Al margen de la naturaleza de las iniciativas culturales, la cuestión es, siempre, cómo garantizar su viabilidad, es decir, cómo generar condiciones para que aquellos que producen cultura puedan vivir dignamente de lo que hacen. Y seguir haciéndolo. La eterna dependencia de fondos públicos y privados, de becas y donativos, la especialización en el llenado de solicitudes antes que en la construcción de modelos de rentabilidad (que permitan realizar otros proyectos) y la precarización de las condiciones laborales se explican por una figura que, a pesar de su centralidad, pareciera no tener un papel activo en el desarrollo de las artes: el público. ¿Qué pasaría si asumiera una posición militante?

La religión neoliberal señala que un producto sin mercado no tiene razón de ser, ignorando convenientemente que las ideas y las formas innovadoras, que en un inicio resultan ilegibles para el gran público, terminan con los años sirviendo de “inspiración” a la industria del entretenimiento y, no pocas veces, a prácticas mercadológicas, políticas o incluso empresariales. Es decir, a los expertos en movilizar voluntades y carteras. La implicación de lectores, espectadores, usuarios y oyentes no sólo garantizaría la viabilidad de los productos culturales: protegería su autonomía ante los poderes económico y político.

Pensemos en dos casos recientes, ambos paradójicos pues se trata de iniciativas subsidiadas. El primero, FilminLatino, un servicio de streaming de cine de autor que, en el país, opera gracias a una alianza con el Instituto Mexicano de Cinematografía. Al comenzar la nueva administración se rumoró que la plataforma desaparecería, pues resultaba onerosa. Rápidamente surgieron voces demandando que FilminLatino continuara porque se trata de la única vía para acceder legalmente a ciertas películas. Como es obvio, el conato de cancelación no habría ocurrido si, previamente, la masa de hipotéticos afectados hubiera pagado mensualmente la cuota de 69 pesos. El otro caso, de naturaleza distinta, es la revista Crítica, editada hasta hace poco por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Si bien no fue cancelada, su director tiró la toalla luego de años de indiferencia de la institución, con lo que se clausuraron cuatro décadas de reflexión sobre la literatura. ¿Qué habría sido de Crítica si, antes de llorar el fin de la publicación, un grupo importante de lectores la hubiera comprado por 50 pesos al bimestre?

La lección es evidente: para no depender de las pocas personas que deciden el destino de los fondos públicos y privados, los proyectos culturales deben formar comunidades comprometidas y activas. Es indispensable, en ese sentido, la aparición de públicos militantes que, mientras financian las iniciativas que los interpelan –en la medida de sus posibilidades–, ayudan a modelar la oferta artística, con exigencia y apertura. Mientras no cambien las reglas del juego, el voto de confianza se otorga pagando por un libro, un disco, una publicación, asistiendo a un concierto, una exposición, una película. La incidencia de los espectadores y lectores es enorme, pero será incalculable cuando tomen conciencia de su papel: demostrar al mercado que el riesgo y la innovación creativos son redituables. La cultura de la gratuidad impulsada por las dinámicas de Internet es evidentemente atractiva, pero muchas veces ignora que si el financiamiento de un proyecto cultural no proviene de los casi siempre insuficientes fondos públicos o privados –becas, donativos, publicidad– y va directamente a quienes invierten su fuerza de trabajo, los únicos beneficiarios son Facebook y Google. Es hora de los públicos se dejen oír.



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