lunes, 25 de marzo de 2019

Scott Walker (1943-2019)

“Do I hear 21, 21, 21? I’ll give you 21, 21, 21”. Tras dos golpes de cascabel (death rattle en toda extensión del término), un solemne barítono entona esa línea sobre chelos fúnebres. ¿Qué significa ese pasaje? Se trata del primer minuto de Tilt, disco de Scott Walker editado en 1995. ¿Editado? Desatado es un mejor término, como quien libera a una bestia salvaje, a un virus sobre un mundo desprevenido.

Mucho se ha escrito sobre Tilt en los 15 años subsecuentes. “Indescriptiblemente estéril e indeciblemente sombrío”, le llama allmusic.com. “Shine on, you crazy nihilist”, bromea la revista Spin. Un sitio tan poco relacionado con la música como el World Socialist Web Site se da tiempo de llamarle “Un álbum notable de un músico serio”. Independientemente de lo que sobre él se diga, el álbum permanece puro, casi impenetrable. Si su mezcla de música de concierto, ruido industrial, armonías dodecafónicas, country deconstruido y alusiones al fascismo no fuera suficientemente desorientadora, conviene saber que Tilt es obra del germano-americano Noel Scott Engel (Ohio, 1943), quien tras adoptar el nombre artístico de Scott Walker formó el grupo de pop setentero The Walker Brothers (los otros dos integrantes, Gary Leeds y John Maus, se bautizaron como Gary Walker y John Walker a fin de mantener la apariencia de ser hermanos), vendiendo millones de discos entre 1964 y 1968 y generando en el Reino Unido un furor comparable a la entonces rampante beatlemanía. Tomemos un momento para meditar sobre lo que esto significa: que una obra vanguardista e innovadora sea creada por quien fuera un ídolo adolescente equivale a imaginar a Justin Timberlake convirtiéndose, al cabo de tres décadas, en John Cage.

Una transfiguración tan radical nunca ocurre de la noche a la mañana, por supuesto, y lo cierto es que aún en medio de los empalagosos arreglos de cuerdas y predecibles covers de gran parte de la discografía de The Walker Brothers, la oscura y rica voz de Walker apuntaba ya a las profundidades, cargando de pathos a baladas dignas y estimables como “The Sun Ain’t Gonna Shine (Anymore)”, “Make it Easy on Yourself” o “In My Room”. En 1967 el apuesto joven era tan famoso que tenía su propio programa de televisión y aparecía en las portadas de las revistas juveniles de la época, pero la tensión generada por esa adoración lo empujó a un alcoholismo y una depresión severas. Por esa época descubrió a Jacques Brel, una auténtica revelación para él. En su primer disco como solita, Scott I (1967), Walker alterna baladas dulces con tres versiones del cantautor belga, adentrándose en su mundo de drogas, prostitutas y decadencia. El disco es una indicación del deseo de convertirse en un artista serio, más allá del fenómeno mediático, y, pese a que sólo tres temas son firmados por él, es un decisivo paso adelante. El disco vendió bien, pero su temática oscura incomodó a un sector importante de sus seguidores. Scott  2 (1968, número uno en las listas de popularidad británicas), repitió la fórmula con un sonido más pulido, mientras que en Scott 3 (1969), Walker por fin se atrevió a componer todas las canciones del disco, salvo por tres versiones de Brel con las que cierra el acetato.

El denso, complejo sonido de Scott 3, pop orquestal barroco cuyos ecos resuenan en la discografía de Divine Comedy, Tindersticks o Nick Cave, devino la primer obra maestra indiscutible de Walker, Scott 4 (1969). Prescindiendo por primera vez de cualquier composición ajena, Walker firmó diez temas únicos e imprescindibles. El morriconiano arreglo de “The Seventh Seal” (que, más que un homenaje al filme de Bergman, se antoja una transubstanciación, la reencarnación de la misma) abre el disco de manera demoledora, mientras que la engañosamente alegre “Hero of the War” y la épica “The Old Man’s Back Again (Dedicated to the Neo-Stalinist Regime)” abordan temas políticos de forma amarga y desencantada. Sublime culminación de primera década como artista, Scott 4 tuvo ventas un tanto decepcionantes, sobre todo por la perversa decisión de Walker de editarlo con su nombre real, Noel Scott Engel.

Tras el decisivo logro, Walker perdió la dirección. ‘Till the Band Comes In (1970) arranca con una de sus mejores canciones, “Little Things (That Keep Us Together)”, pero se pierde en una segunda mitad cargada de covers desabridos. Los siguientes discos, Any Day Now y Stretch (ambos de 1973), y We Had it All (1974), no contienen un solo tema propio, y no son más que una nulidad en la discografía de un artista extraviado.

En su momento más negro, los viejos colegas de The Walker Brothers lo invitaron a reunirse y recuperar algo de su añeja gloria. No Regrets (1975) y Lines (1976) son colecciones de covers realizados con madurez y buen gusto, pero nada podía presagiar el siguiente paso del grupo. Nite Flights (1978), el último disco de The Walker Brothers, el único conformado por material original. Es una obra tan radical e inesperada que no existe punto de contacto o comparación con el resto de su discografía. Las cuatro composiciones de Walker con las que arranca el disco representan su momento de mayor lucidez desde Scott 4 y sientan las bases de la inquietante oscuridad que envolverá a su obra desde entonces. “The Shut Out” es un enfermizo rugido post-punk con un febril solo de guitarra; “Fat Mama Kick” es una inquietante y mecanizada pieza de Krautrock; “Nite Flights” es una elegante y atmosférica canción pop de vanguardia (que David Bowie, gran admirador de Walker, versionó respetuosamente en Black Tie White Noise, de 1993) y “The Electrician” es una epopeya orquestal que va de la esperanza a la negrura absoluta.

En 1984, un Walker de nuevo artísticamente relevante editó Climate of Hunter. Aunque la producción no ha resistido del todo el paso del tiempo, las composiciones son sombrías, idiosincráticas, inimitables.

Tras un silencio de once años, llegó el golpe decisivo, la obra maestra que la que hablamos al iniciar el texto: Tilt. El primer corte, “Farmer in the City” es, pese a sus letras inquietantes y tonalidades oscuras, un tema orquestal bellísimo, con un Walker en plenitud. Luego de él, el disco no vuelve a resultar acogedor. “The Cockfighter” inicia con un minuto de silencio casi absoluto, que se rompe con un atronador estallido de percusiones industriales sobre las que Walker sentencia “It’s a beautiful night” con un horror que esas palabras no deberían contener.

Obra total, monolítica, Tilt tuvo su continuación (tras otro silencio discográficos de once años) en The Drift (2006), disco temática y estructuralmente similar pero con un sonido más espeso (las guitarras y batería son cas hardcore, los arreglos de cuerdas hacen pensar en Ligeti y Penderecki). Aunque inevitablemente resulta menos sorprendente que Tilt, es al menos igualmente inquietante, y temas como “Jesse” (dedicada al hermano gemelo de Elvis Presley, que nació muerto, y construida sobre una versión deforme del riff de “Jailhouse Rock”) se miden con lo mejor de su repertorio.

¿Tendremos que esperar otra década para un nuevo disco de Scott Walker? Suceda lo que suceda, el hombre es un genio, un iconoclasta, uno de los grandes enigmas de la música popular.   

Publicado en La Tempestad 72 (mayo-junio de 2010)



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