miércoles, 24 de enero de 2018

El presente del western

El año pasado el estreno de Muerte misteriosa (el creativo título que le endilgaron a Wind River, de 2017) concluyó la “trilogía de la frontera” escrita por Taylor Sheridan, una exploración sobre la manera en que el western se adentra a nuevos terrenos, todos contemporáneos. La trilogía inició desde un lugar incómodamente cercano al cine negro, con Sicario: Tierra de nadie (2015), un filme que bien podría llevar a Sheridan hacia terrenos que no pueden ser constreñidos en el género de vaqueros y pistoleros (una tarea cuyo resultado podrá verse este año con la secuela, Sicario 2: Soldado, también escrita por Sheridan pero ahora dirigida por Stefano Sollima). Con Enemigo de todos (2016, dirigida por David Mackenzie), un relato de forajidos “en la era Trump” que se desarrolla en Texas, Sheridan ahondó en la fibra moral de la paternidad, como volvería a hacerlo en Muerte misteriosa, si bien el paisaje cambió hacia la reserva india de Wind River, en Wyoming. La conclusión de la trilogía volvió a uno de los tópicos del western (el vaquero, u hombre blanco, en conflicto con los indios) pero atendiendo a una deuda aún impagable respecto a la manera en que se ha tratado a los nativos americanos en los EEUU. El filme, que también cruza ocasionalmente una frontera hacia el cine de crimen, llama la atención a un caso de 1978 que llegó a la Suprema Corte de los Estados Unidos, Oliphant contra Suquamish, que sentó el precedente para delimitar los derechos jurisdiccionales de las cortes tribales, abriendo una siniestra zona gris de impunidad.

Los westerns de Sheridan ponen al día en varios sentidos a este género popular, tan flexible que en distintas décadas se ha permitido crear pastiches (en el cine de Sergio Leone o en el Tarantino) a veces en conversación con el horror –ver, por ejemplo, Frontera caníbal– o la ciencia ficción, como en la serie televisiva Westworld. Prestemos atención aquí pues se trata de otra frontera interesante, el serial que lo mismo convive con las constricciones típicas del género (como se vio en la longeva Bonanza, que se transmitió desde 1959 hasta 1973) o el que busca romperlas para acercar el género a los miasmas morales contemporáneos, como se vio en Deadwood (2004-2006), la serie creada por David Milch.

Con todo, pocas veces el género ha sido retado y puesto al día como en Godless, la miniserie original de Netflix creada por Scott Frank. Además de retomar el ritmo contemplativo del western, parte del atractivo de Godless, además de las incontables rimas al cine de vaqueros (el ojo atento encontrará pronto un homenaje a la famosa escena de Más corazón que odio en el que vemos a Ethan Edwards –John Wayne– salir del marco de una puerta caminando hacia el horizonte…) se encuentra en el lugar que le da a la mujer en esta historia. La figura masculina en Godless es muda, inútil o parte de una amenaza de ebullición lenta: gran parte de la trama se desarrolla en el pueblo de La Belle, cuya población masculina desaparece de un tajo en un accidente minero. Las mujeres de La Belle pronto toman su lugar, abandonando las figuras típicas del western (la madre abnegada, la prostituta, la raptada) para convertirse en figuras de la ley (el sheriff de La Belle, sobreviviente, se está quedando ciego), pistoleras, dueñas de ranchos o políticas. No hay que ser un gran exégeta para reconocer la pertinencia del antagonista, Frank Griffin (interpretado por Jeff Daniels), un perverso sacerdote (¿célibe?) que colecciona “hijos”. Se ha discutido si Godless es un “western feminista”, pero como se ha visto desde que Joan Crawford protagonizó Johnny Guitar (1954), se trata de una discusión sobre la flexibilidad de este género de cine, que ocasionalmente permite historias inusuales y, por ello, valiosas.



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