martes, 16 de enero de 2018

Federico Sánchez, un ave rara

En estos días comenzará a circular el número 130 de la versión impresa de La Tempestad, con la séptima edición de lo que llamamos el “Presente de las Artes en México”. Para los que no lo conozcan, se trata de un ejercicio anual que realizamos casi como un rastreo: y es que hace tiempo nos dimos cuenta que, aunque en los medios se hable más o menos de las producciones artísticas nacionales, suele hacerse de forma derivativa, anecdótica e incluso condescendiente, por lo que era necesario construir un foro donde ganaran centralidad y, sobre todo, donde pudieran discutirse a la luz de criterios estéticos relacionados con su realidad sociopolítica particular, y ya no a partir de criterios exógenos. Ese rastreo, entonces, debe también aspirar a ser panorámico: no sólo dar cuenta de los trabajos de artistas consolidados sino de los que van surgiendo, aquí y allá, bajo las condiciones más disímiles. Por ello, incluimos, en cada disciplina, la categoría de “emergente»”; tan manida actualmente, es cierto, pero necesaria, creemos, para dar cuenta de producciones artísticas destacadas casi en proceso de formación. No se trata, nuevamente, de una actitud condescendiente, sino de puntualizar que incluso bajo las condiciones más precarias con las que tienen que habérselas los artistas jóvenes en México, sus obras pueden ser boyantes y emotivas, además de necesarias.

Un adelanto, entonces: en la categoría de músico emergente elegimos a Federico Sánchez Flores. La obra del hidalguense (Tulancingo, 1988) se construye desde algunos saltos cualitativos: el rock, como su primera guía, es pronto modificado por sus estudios en composición y entrecruzado con los lenguajes del jazz. Además, asegura, “siempre hice música electrónica sin darme cuenta, es decir, como no tenía una banda o una orquesta a mi disposición, todas mis ideas las expresaba con mi computadora. Desde piezas pequeñas para piano hasta collages de sonido con sintetizadores y grabaciones diversas”. Un mosaico sonoro complejo, traducido en grabaciones como Annominatio (2014), junto a Aarón Flores; o Vol. 1 (2014) y Elephants In The Night (2017), ya como solista. Por no mencionar sus proyectos Mártin, junto a Jorge Servín, con quien editó un EP homónimo, mucho más orientado a la electrónica; o sus colaboraciones con grupos como Pelirroja, cercanos al jazz rock.


El año pasado publicó el EP The Damaged Love the Damaged, continuación de la que tal vez sea su grabación más destacada hasta la fecha, Los ecos del goce (2016), facetas hermanas de un proceso de desdibujamiento de categorías, donde conviven la electrónica, el noise y el uso paisajístico de la guitarra eléctrica.

The Damaged Love the Damaged es descrito por el guitarrista como “un ejercicio terapéutico”: “Lo grabé en la Ciudad de México a inicios del año y, aunque es muy corto de duración, me costó mucho trabajo terminarlo. Creo que este EP me ayudó a liberarme de muchas barreras creativas que tenía. Muchos miedos»”. Una terapia, entonces, con sus connotaciones afectivas y emocionales, que deviene transformación, también, de límites estéticos y estilísticos. En la respuesta del guitarrista, como vemos, podría condensarse todo un ethos creativo.

Lamentablemente, nuestro cierre de edición coincidió con la publicación de Lo invisible, su nuevo EP, una verdadera ave rara en su discografía, por lo que nuestra descripción de su año creativo quedó incompleta. La materia sonora del álbum es construida con las voces, a coro, de Ingrid Beaujean, Jenny Beaujean, Mariela Condo, Victoria Cuacuas, Leika Mochán, Iraida Noriega, Roxana Solano, Luz Varela, Laura Velasco y Thea Zmijewska, contrapunteadas, discreta y ocasionalmente, por ruidos y efectos sonoros diversos. Apenas tres temas que, sin embargo, obligan a reconsiderar, una vez más, las características de la obra de Federico Sánchez. Lo invisible se antoja, en sus primeras escuchas, como una obra impar en la música mexicana reciente; con el tiempo, podremos atinar a considerar la totalidad de sus alcances.

Federico Sánchez © Jesús Cornejo



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